Publicamos una carta de un amigo Hernán López *
Buenos Aires, Argentina, 17 de
agosto de 2012
Querido y admirado compatriota Gral. Don José de San Martín:
¡Cuánto
le debe a la suerte un cobarde de mi talla, que cree infame tener la llave de
la libertad en una hoja y ni siquiera! ¡Cuánta le debe un imberbe a la suerte
por no tener que estar a su lado mientras usted me hacía libre, herido,
dolorido, embarrado y valiente! ¡Qué de plegarias le debe un canalla como yo al
cielo cuando se hace llamar patriota, infame! Sólo patricio será quizás o
argentino tal vez, quien pueda pisar éste suelo que usted pudo libertar de
absolutistas y esclavistas. Tierra ésta que llena de negreros y opresores sería,
de no ser por usted, aún peor que con los males que a hoy día la atestan.
Porque no hay tierra, General, en éste mundo, que siglos después de su hazaña
no sufra por lo mismo que usted luchó hace ya tanto tiempo.
Pero esta
es la historia de los hombres Don José; hombres que sólo vuélvense un hito de
la humanidad toda, una de las tantas señales de la ruta, una nube de muchas en
el cielo o una estela de tantas en el mar. Sepa usted, General, que la
humanidad argentina existe porque allí usted la situó, con su dedicación y su
esmero. Sepa que las rutas que recorren al país lo recuerdan como la mejor
señal que pueda yacer en ellas, las que indican libertad de moverse desde
Tierra del Fuego a Jujuy. Sepa también General, que en el cielo argentino
siempre flota su nube, eterna, testigo de las proezas suyas, inimitables, santas,
admirables. Pero no olvide tampoco que en el mar argentino, cada estela que se
forma recuerda sus pasos, firmes pero veloces, prolijos pero voraces, andaluces
pero tan argentinos como pocos hombres pueden serlo. La patria entera General
se estremece con su nombre, se acobarda en su grandeza y se tiñe del color de
su sangre. La patria que con sus límites actuales lo ha a usted decepcionado,
pequeña, inexpresiva. Una lágrima viértese de sus ojos por cada frontera
artificial que advierte usted separa al pueblo que ha liberado. Congoja
experimento cuando lo sé a usted desconsolado por ver al Perú ajeno a La
Argentina; a Chile del otro lado de la
cordillera, agazapado. Desazón cierto al imaginar su tristeza de ver a Bolivia
separada del Jujuy o al Uruguay del otro lado del Río de La Plata, indiferente.
Lo imagino a Usted en éste momento, al lado de Artigas, cabalgata y disculpas
mediante. Porque sabe usted como hombre de honor y respeto, volver sobre sus
pasos, alzar la cabeza y pedir perdón ante la arista humana de su alma que
representa el error. ¡Entendibles sean sus injustos juicios y dudas sobre el
patriotismo y grandeza de Artigas si estos son la única posibilidad que nos dio
la historia de conocer su carácter de humano que osa equivocarse!
Extensa y
sincera sonrisa esboza mi rostro al recordarlo en cada página de libros que se
enorgullecen en describirlo a usted y a sus hazañas, nobles, altruistas. Altura
toman mis cejas para expresar el asombro que las películas modernas logran
recrear al mostrarlo a usted cruzando la cordillera de Los Andes a caballo,
enfermo de cuerpo pero sano de alma, lleno de coraje, de pasión y de sueños.
Atónitos quedamos sus compatriotas al contemplar su bravura y tenacidad, sable
en mano y corazón en boca, libertando aquí y allá, como si fueran misiones de
todos los días, ¡liberando a hombres y mujeres latinoamericanas del extranjero
opresor! Satisfacción siente el alma del argentino cuando lo imagina a usted en
la posta de Yatasto, sentado cerca de Belgrano y frente a Güemes, debatiendo la manera de
hacernos libres, de entregar la llave
que abre el cofre de la independencia, la soberanía, la autonomía y los valores
nacionales, valores de una nación nuestra y de nadie más. Lo imagino cerca de
Dorrego, amigo de Bolívar y me imagino la Patria Grande que tendríamos hoy de
no haber usted fracasado en su proeza de darle al pueblo latinoamericano una
tierra que coincida con su hermandad inobjetable.
Me
emociona pensarlo General. Me conmueve imaginarlo peleando en Europa
confundido, sin entender su misión en esta vida, hasta que un día, la luz entra
por sus ojos y cuélase por su cuerpo hasta llegar a su alma que no podía ser
sino correntina, argentina, latinoamericana; y emprende usted entonces su viaje
hacía Buenos Aires para afrontar su verdadero destino como militar y como
hombre de ideales, luchando cuerpo a cuerpo y mente a mente por lo que
verdaderamente fue y es suyo, esta tierra que tiene olor a su piel y a su
sangre. ¡Qué honor tuvimos los argentinos de sabernos acompañados y protegidos
por Arístides!, como Lautaro supo llamarlo o usted optó por llamarse, no lo sé.
Orgullosos nos sentimos de tenerlo con nosotros aunque sea lo que el tiempo ha
dejado de su cuerpo glorioso, que por gracia de Dios o del destino ya no yace
en tierras del enemigo ni en continente del opresor. Achícase mi hombría al
pronunciar su nombre, reflejo de enseñanza y de amor por lo suyo, que hoy es
nuestro gracias a su legado, a su esfuerzo y a su desinteresada caridad.
Leo las
máximas a su hija Mercedes y la imagino a ella, leyendo los diarios para usted,
que de tanta experiencia y por tanto desgaste ya no puede hacerlo por sus
medios, medio ciego de vista y otro tanto de bronca. Lo imagino a usted sentado
en el cuarto de su hija como todos los días, deseoso de saber sobre su
Argentina que le ha quedado lejos, injusta y vilmente, por obra de aquellos
hombres que sobrepusieron el poder y los intereses individuales por sobre el
bienestar de toda una nación que representada en su caballo, extensión de su
cuerpo, intentaba formarse en toda la inmensidad del ex-Virreinato que usted supo liberar de
la nobleza foránea opresora. Lo imagino a usted cayendo al suelo, agonizando y
pereciendo en patria ajena, al unísono que perecen los sueños de reconstruir
esa Patria Grande que usted soñó para América Latina. Deja usted éste mundo
casi al mismo tiempo que deja nuestro país de saberse soberano, estado que
logró usted primero y su amigo Juan Manuel de Rosas después. Dos años más tarde
de su muerte General, cae el Rosas en manos del poder extranjero y se liberan
los ríos para que el imperialismo navegue en ellos, cuestión contra la que
usted tanto combatió en sus tiempos de joven guerrero. Perece su cuerpo General y perece también el
gobierno de Rosas, quien supo ganarse sus cartas, su admiración y su sable.
Perece así la soberanía nacional y se consumen en el fuego sus cartas de
agradecimiento al Brigadier Rosas por haber continuado con su legado, el de
intentar construir una Patria Grande para todos los latinoamericanos.
Ha pasado
mucho tiempo General desde que usted ya no está con nosotros, protector de
nuestros sueños, guía de nuestro camino. Pero la historia es tan inmensa
General, que no termina ni aún cuando aquellos que la construyen desaparecen.
Continúa, infinita. Hoy la historia no lo tiene a usted, gigante, héroe. Nos
tiene a sus hijos, productos de su obra póstuma, la libertad de los pueblos de La
América del Sur. Dios o el destino, quieran que sus obras y sus palabras se
impregnen en nuestra piel y nos traspasen hasta trastocarnos la mente, el
corazón y el alma. Quiérase que como usted dejó explicito en las máximas a su
hija, nos inspire el recuerdo en su persona y sus actos amor a la verdad y odio
a la mentira; nos inspire confianza, respeto y amistad entre los
latinoamericanos; inspire en nosotros el amor por los que menos tienen; que
seamos personas precisas, de poco hablar pero de mucho hacer; que despreciemos
el lujo y vanagloriemos la humildad; que nos inspire por sobre todas las cosas,
amor por la patria, nuestra por siempre, y amor por la libertad, ese legado que
usted con sus manos y su alma, supo regalarnos hace casi ya doscientos años.
Que su recuerdo sea, un motivo más para sabernos, por lo menos, la mitad de
argentinos que usted súpose ser dando su vida por que la nuestra se empape en
libertad…
De un hombre que lo admira y de un
argentino que lo extraña…
Hernán “sheva” Lopéz Manilo.
Estudiante de Relaciones
Internacionales UNLa
